publicidad
Desigualdad osificada y crisis de la confianza
Tribuna Libre,  / 

Desigualdad osificada y crisis de la confianza

@José Luis Herranz Guillén / Lola García Pascual   21/12/2011  06:00h

El pasado 2 de noviembre los alumnos de Gregory Mankiw en la Universidad de Harvard decidieron abandonar su clase de la asignatura “Economics 10” con la intención de quejarse por lo que ellos consideran un abuso de su profesor, y por el carácter manipulador de la economía académica que estudian.

Según han declarado los estudiantes en una carta dirigida a Mankiw, se ausentaron de la clase por “el descontento con el carácter sesgado inherente a este curso de introducción a la economía... por la manera en que este enfoque afecta a los estudiantes, a la Universidad y la sociedad en general... [y por tratarse de] un curso que expone una visión específica -y limitada- de la economía que, en nuestra opinión, perpetúa sistemas económicos problemáticos e ineficaces, favoreciendo la desigualdad en nuestra sociedad”. La misiva finaliza con un apoyo explícito al movimiento Occupy Wall Street -el de los indignados de Nueva York-, y con una acusación amenazante de que la economía que se enseña en las universidades americanas contribuye a fomentar y justificar la desigualdad económica, la injusticia social y el descalabro del sistema financiero internacional.

Gregory Mankiw es un nombrado economista, autor de diversos manuales universitarios traducidos a numerosos idiomas, y que se utilizan en las universidades españolas como libros de texto. Mankiw es un economista paradójico, dado que manifestándose políticamente conservador (ha sido presidente del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush entre 2003 y 2005), sin embargo es un conocido neokeynesiano partidario del intervencionismo público en la economía por su particular visión escéptica del laissez-faire. Esta mezcla de posturas puede resultar contradictoria para muchos estudiantes novatos de Harvard, que no se caracterizan precisamente por pertenecer a entornos sociales depauperados.

Pero lo más curioso es que esta no ha sido la primera protesta estudiantil en dicha universidad en los últimos años. Durante los prolegómenos del crack financiero de 2008 los alumnos de Harvard ya protestaron contra lo que consideraron una injusticia en la política retributiva de la propia universidad. En aquel caso la indignación resultó activada por los modestos salarios que cobran los trabajadores de baja cualificación de la plantilla universitaria.

Conocedores muchos de ellos de los astronómicos sueldos de sus propios padres, mostraron sin embargo su apoyo a los empleados de mantenimiento, restaurantes y limpieza de Harvard. La defensa de su estatus social y económico no activó de manera suficientemente poderosa las emociones conducentes al egoísmo, como son el desdén o la apatía. Tampoco fueron suficientemente motivadores los principios y creencias que sustentan la teoría económica que estudian, que explica las desigualdades salariales como una cuestión científica de cálculo y equilibrios de mercado, representada formalmente mediante ecuaciones y gráficos carentes de contenido emocional.

La desigualdad aumenta. La desconfianza en las instituciones también

La brecha empírica entre el nivel de ingresos de los ricos y los pobres se ha venido incrementando en las últimas décadas tanto en el panorama internacional como nacional. Si bien es cierto que la esperanza de vida y la capacidad de consumo de los más pobres han ido mejorando en términos absolutos, la desigualdad económica relativa no ha hecho más que crecer durante el último ciclo expansivo.

Especialmente ahora, tras años de crisis económica por la que los trabajadores de cualificación más baja -y más expuestos a los vaivenes del mercado- han sufrido en sus propias carnes los efectos materiales y psicológicos de la crisis, la desconfianza en las instituciones de la sociedad de mercado se ha extendido y acentuado. Pero, al margen de la coyuntura presente, una notable cantidad de estudios sociales elaborados por instituciones de prestigio concluyen que el deterioro de la confianza es un destacado fenómeno social en las últimas décadas.

Hace unas semanas Charles Green (consejero delegado de la consultora Trusted Advisor Associates, y autor de varios libros sobre la confianza en el mundo empresarial) ha escrito en Forbes un artículo titulado “¿Pueden coexistir la desigualdad de rentas y la confianza en las empresas?”. El autor expone los alarmantes niveles de pobreza de su aparentemente rica y desarrollada sociedad, y afirma que el principal problema no es tanto la pobreza absoluta de su país (un pobre estadounidense o canadiense no es un pobre zambiano o haitiano), como que la desigualdad económica en los EE.UU. cada vez está más asociada con un proceso de estratificación social en el que la movilidad individual entre los diferentes estratos se está “osificando”.

Es decir, que el entramado institucional que sostiene a muchas de las sociedades y economías occidentales en nuestros días (con sus reglas formales e informales, principios, valores y creencias) ha dejado de ser meritocrático, y las virtudes de la sociedad mercantil, como el espíritu de superación, el esfuerzo, la dedicación y la sana rivalidad pro-social, que son algunas de las motivaciones libertarias que alimentaron el sueño americano, han dejado de ser un modelo a imitar en amplios sectores de la sociedad.

Este cambio conduce según Green a la desconfianza, tanto en las personas como en el sistema y sus organizaciones: “Si tú eres un pobre, y cuentas con escasas perspectivas de mejorar tu condición en la vida, no es probable que seas una persona confiada. Más bien es probable que seas resentido, hostil, suspicaz, escéptico, y no muy inclinado al acatamiento de las leyes”.

Pero, ¿qué es la desconfianza, y por qué la confianza fortalece la economía?

Hoy en día la palabra desconfianza y sus emociones asociadas flotan en el ambiente productivo, financiero, directivo y político. Una expresión bastante abstracta del concepto se emplea, en los últimos años, con el sentido de la desconfianza que revelan “los mercados”. Pero los mercados están integrados por personas que toman decisiones, y que lo hacen condicionados en este caso por la emoción del miedo, que es la más relevante en la desconfianza.

¿Qué se entiende por desconfianza? La teoría de la decisión explica la desconfianza como la conciencia de una alta probabilidad de que un interlocutor incumpla las reglas (formales o informales) o acuerdos (expresos o tácitos) en una interacción. El descuento de esta probabilidad obliga a ser al menos precavido siguiendo las indicaciones de la teoría de la elección racional.

El mundo empresarial, por su parte, ha enfocado la desconfianza fundamentalmente como una cuestión de marketing y de calidad: las empresas que no invierten suficientemente en prestigio de marca y en gestión de calidad son evaluadas por los consumidores, y por la sociedad en general, como organizaciones menos fiables.

Pero estas dos visiones (la teórica y la empírico-empresarial) se alejan de lo que la gente común entiende por desconfianza en la vida cotidiana. La gente generalmente desconfía de quien duda que tenga buenas intenciones y de quien sabe que en el pasado se ha comportado de manera desleal. La gente desconfía cuando cree que puede ser engañada, cuando cree que su interlocutor puede traicionar sus expectativas aunque tal interlocutor disfrute de un “prestigio de marca” cara a la sociedad. También se desconfía de los desconfiados, y de ahí el carácter expansivo de la desconfianza.

Además, la gente desconfía cuando presiente que no puede expresar con libertad sus demandas, críticas o aportaciones, porque cree que puede recibir una represalia por hacerlo ante la que no tiene capacidad de defenderse.

Las empresas y las economías requieren confianza, y si bien es cierto que existen fuerzas inherentes en la sociedad de mercado tanto para aumentar como para disminuir las emociones impulsoras de la confianza, las empresas y las economías más prósperas son aquellas en las que la gente más coopera para mejorar su condición personal y social.

Sin embargo, para cooperar mucho y con muchos es importante que el sujeto confíe en los extraños, en las empresas y en los interlocutores del mercado. Cuanto más se confía más se tiende a cooperar, y cuanto más se coopera más confiados venimos a ser. La confianza, como la desconfianza, se realimentan a sí mismas.

Los esfuerzos inútiles conducen a la tristeza, y ésta a la desconfianza

La emoción del descontento es una variante de la tristeza y conduce a la frustración, ésta a la desesperanza, y de ahí, bien a la pérdida de la autoestima o la ira anti-social. Tanto el deprimido como el agresivo padecen trastornos psicológicos de desconfianza. Otra variante más astuta y calculadora del descontento consiste en la adaptación al medio a través del cinismo desconfiado o la astucia oportunista. Estos cuatro arquetipos patológicos (depresión, agresividad, hipocresía y ventajismo) están crecientemente extendidos en las sociedades modernas, y se caracterizan por un descontento crónico que induce a posturas fatalistas y a desconfiar obsesivamente.

Por otra parte el fatalismo y la desconfianza crónica, características de la desigualdad asumida como algo irremediable, activan igualmente dos emociones anti-sociales que vuelven a realimentar la desconfianza, y que son la envidia y el odio. Adam Smith lo expresó con acierto en La riqueza de las naciones refiriéndose a las emociones que generan las desigualdades económicas: “La opulencia de los ricos excita la indignación de los pobres, quienes, forzados por la necesidad y alentados por la envidia, tienden a invadir sus posesiones... En todo momento [al rico] le asedian enemigos desconocidos, a quienes jamás provocó, pero a quienes no puede aplacar”.

El esfuerzo sin resultados, o sea, la osificación social, puede deberse a que existen fuertes barreras a la mejora de la mayoría creadas por grupos de casta y privilegio; circuitos cerrados de acceso a la información y a las oportunidades; opacidad, amiguismo, corrupción y nepotismo.

Ante esto mucha gente tiende a alinearse emocionalmente con uno de los cuatro arquetipos de la desconfianza, y la desconfianza creciente refuerza el papel compensador del Estado, que intenta promover la confianza de manera artificial a fin de evitar la ruptura del orden social.

Sin embargo, ¿qué garantía existe de que los grupos que controlan el aparato del Estado no formen también parte del juego de la desigualdad y la desconfianza? No se pierda de vista que la política y los poderes públicos están siendo objeto de una creciente desconfianza, a la par que las empresas y el sistema financiero.

Mecanismos de huida o de negociación

El círculo vicioso de la desigualdad osificada y su consecuente desconfianza obsesiva puede ser cortocircuitado diseñando instituciones que propicien el que fluya gran cantidad de información fiable, para liberalizar el acceso a la información y la igualdad de oportunidades. Cuando la gente dispone de buena (y barata) información puede diseñar mejor sus estrategias vitales, y ello facilita que las personas puedan decidir salir del bucle osificado, o bien plantear demandas y negociar un cambio de situación.

Obviamente se trata de que las personas puedan elegir qué es lo que más les conviene en la gestión de su vida, y que sean capaces de escapar o proponer una negociación ante una tesitura que consideran injusta. El gran problema de la desconfianza es que la gente se vea abocada a desconfiar y seguir desconfiando dentro de relaciones, políticas o económicas, en las que el incentivo más prudente consiste en permanecer en la trampa de la no-cooperación.

Albert O. Hirschman publicó un volumen en 1970 titulado Exit, voice, and loyalty, donde plantea que el descontento con las organizaciones puede enquistarse y destruir la lealtad necesaria para la supervivencia de las mismas. Muchas organizaciones-trampa, e incluso sociedades enteras, están habitadas por “zombis emocionales” que desconfían obsesivamente y padecen (con frecuencia sin saberlo) depresión, agresividad, hipocresía o ventajismo. Hirschman enfatizó la importancia de establecer mecanismos de salida (exit) o de expresión negociadora (voice) para que la gente que aún no es un zombi emocional pueda reconducir su situación, y así que se pueda evitar la degradación de las empresas y de las sociedades por causa de la deslealtad (actitud prima hermana de la desconfianza)

No estaría de más que ahora en España, cuando se está urgiendo llevar a cabo profundas reformas en el mercado laboral, sistema financiero y tributario, educación, función pública, instituciones políticas y administrativas, en los modelos de representación sindical y empresarial, en las políticas de motivación de los recursos humanos y fidelización del cliente, y en la manera de prestigiar la marca España, los responsables del diseño de tales reformas releyeran concienzudamente la obra de Hirschman.

José Luis Herranz Guillén, economista. Lola García Pascual, consultora de estrategia emocional.

Valorado (5/5) Valorado (5/5) Valorado (5/5) Valorado (5/5) Valorado (5/5) (5/5 | 17 votos)

|

 Compartir

|

 Deja tu comentario

|

 3 Comentarios

3 .- Parece que hasta los estudiantes de Harvard empiezan a darse cuenta que la actual "ciencia" económica tiene más de religión que de ciencia. Religión en el mal sentido de la palabra: como discurso ideológico que intenta justificar y legitimar un orden injusto y abusivo.
Los economistas son los nuevos sacerdotes, los ministerios de economía de todo el mundo y el sector financiero sus templos, y los ciudadanos medios y empobrecidos somos los corderitos sacrificados diariamente en el altar del neoliberalismo [tradúzcase neo por retro, y liberalismo por capitalismo]

rafagonzal

21/12/2011, 14:30 h.

 Responder

|

 Marcar como ofensivo

|

 Me gusta (0)

|

#

2 .- Estas preferentes le van a hacer a Vd. rico, decian en mi sucursal bancaria. Claro que yo no pique como muchas ancianitas. Tengo muy metido en la cabeza que mis minusvalias seran las plusvalias del Banco o Caja.
Y yo no tengo acceso al BCE.

ahorrador

21/12/2011, 10:13 h.

 Responder

|

 Marcar como ofensivo

|

 Me gusta (0)

|

#

1 .- Muy buen articulo y que pone de manifiesto un tema de fondo, la sospecha colectiva de que nos encontramos bajo una Tiranía Financiera camuflada que explota nuestro trabajo y la plusvalía tecnológica.
Ser conscientes de que somos meros esclavos trabajando de sol a sol para que se enriquezca sin limite un puñado de tiranos que manipulan la moneda y el interés.

Merece la pena el esfuerzo de trabajar, sabiendo que si estás en la posición privilegiada y torticera exacta, ganarás cien mil veces mas?

Toda la basura que enseñan en las escuelas de economía nada tiene que ver con una ciencia. Es en efecto un conjunto de dogmas de caracter religioso, la puerta de entrada a una élite de culto que en nada se diferencia del antiguo poder de los jesuitas, o el de los masones o del tan cacareado lobby judio.

como nos podríamos librar de toda esta basura tiránica?

no hay otra. Control totalde la privacidad en los organismos públicos, funcionarios y politicos. Hasta entonces, seguiremos siendo esclavos de éstos.

talibankers

21/12/2011, 08:46 h.

 Responder

|

 Marcar como ofensivo

|

 Me gusta (0)

|

#

los más leidos los más leidos los más comentados los más enviados