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@Fernando Suárez .-Fernando Suárez es economista y analista independiente. Desde este Teatro del Dinero pretende analizar, de modo académico y con su particular estilo, el devenir presente y futuro de la economía y las finanzas a nivel global, un escenario en el que, muchas veces, nada es lo que parece. O sí. Ocupen su localidad.
@Fernando Suárez 30/04/2010 06:00h
Apenas tres lustros después de Basilea I, la vertiginosa evolución de la industria financiera, de sus contingencias asociadas, y de su especial relación de dependencia con la economía real, aconsejaron adaptar las reglas del juego a un nuevo contexto de mayor complejidad y sofisticación del negocio bancario. Así, se acordó desarrollar un flamante marco ad hoc, en consonancia con entornos de competencia global, cuya visión de futuro estaba basada tanto en un capital regulatorio, recursos propios y ciertos tipos de deuda, vinculado al riesgo asumido; cuanto en la provisión de incentivos correctos y suficientes para mejorar transparencia y gobierno corporativo.
De esta guisa nació Basilea II, apoyada en tres pilares básicos: el primero, fijando los requerimientos mínimos de capital ajustado por el riesgo agregado de las entidades, quienes evaluarían este último mediante sus propias herramientas. El segundo, la incorporación de los respectivos perfiles de riesgo a los procedimientos de supervisión de las distintas autoridades, permitiendo su valoración y, en su caso, corrección por parte de los reguladores. Por último, la habitual disciplina de mercado, promoviendo una mayor transparencia informativa de las instituciones en relación a los peligros de su actividad, permitiendo los adecuados incentivos externos para una gestión prudente y eficiente. Los propósitos declarados consistían en reducir fricciones, aumentar la competencia internacional, e incrementar los estándares de seguridad y solidez, de manera que todo ello resultase en una mayor estabilidad financiera, a través de un robusto y fluido canal del crédito a empresas y familias, orientada al crecimiento económico sostenido. Ideal.
El desenlace, empero, ya lo conocen: aún estaban peinándola cuando sonó el despertador subprime, disipando en brazos de Morfeo el florido ramillete de sueños imposibles. Un excesivo apalancamiento, dentro y fuera de balance, la gradual erosión del nivel y calidad de la base de capital, la carencia de reservas de liquidez, y el extravío de confianza en la solvencia de las instituciones financieras fueron, al parecer, las razones principales para la severidad y rápido contagio de la crisis, obligando al sector público a intervenir y dejar expuesto al contribuyente a enormes pérdidas. Al objeto de subsanar errores y omisiones, ahora toca Basilea III, cuyas novedades descansan en el aumento de la calidad, consistencia, y transparencia de la base de capital; el refuerzo en la cobertura de riesgos, especialmente de contrapartida en derivados y repos; la introducción de un ratio de apalancamiento armonizado internacionalmente; medidas contracíclicas para la acumulación de reservas de capital; y, finalmente, la implantación de un estándar global de liquidez, sujeto a seguimiento e inspección por parte de los supervisores. Cambios para que nada cambie, pese a los atribulados comentarios del lobby, otorgando menesteroso pábulo a quien nace lechón y muere cochino.
Quizá por ello deje de sorprender que, aunque los amos del cotarro conocen y asumen la natural divergencia entre certeza matemática y evidente realidad, se pretenda mantener el control del tinglado con idénticas premisas e inconsistentes modelos cuantitativos. Tal vez, visto lo visto, fuese pedir demasiado, tras medio siglo de ferviente devoción por ese corpus teórico, coartada perfecta del corporate finance para el apalancamiento ad infinítum, según el cual, y bajo estrictas condiciones olvidadas a conveniencia, el valor de mercado de una empresa, capital y deuda, sólo depende de la corriente de ingresos generada por sus activos. Una cuestión de irrelevancia que deviene vital en el sector bancario, habida cuenta su operativa mediante estructuras apalancadas por definición, financiando su negocio con pasivos ajenos a corto plazo, depósitos a la vista, mientras sus activos en forma de créditos maduran en un horizonte temporal mayor, y cuya obviedad reside en que la empresa bancaria es esencialmente dependiente de procesos de confianza.
Convertida en dogma de fe la proposición de que la razón entre deuda y capital de una empresa, Debt/Equity ratio, no afecta a su valor de mercado, siendo valor y coste del capital independientes de su estructura financiera, debía aprovecharse que el apalancamiento carece de influencia sobre el coste medio ponderado de financiación, dado que el coste del capital es una función lineal del ratio D/E. Sobre el papel, impecable. Lástima que las restricciones impuestas al modelo determinen, como de costumbre, su aplicación práctica. Y es que la letra pequeña contenía, entre otros, neutralidad impositiva, mercados perfectos, ausencia de costes transaccionales y riesgo de quiebra, simetría informativa y de acceso al crédito, e inexistencia de problemas de agencia. O sea, cualquier parecido con la realidad es puro Mundo Disney. Por tanto, la constatación de imperfecciones operativas, información asimétrica, un socio forzoso a quien rendir cumplidos tributos, una posible bancarrota, y los sempiternos conflictos de interés entre gerencia, accionistas, y bonistas, maximizados en momentos de estrés financiero, abocaría a sustituciones racionales de beneficios del apalancamiento y costes de quiebra. Sin embargo, los incentivos perversos para convertirse en entidad sistémica y, de esta forma, minimizar el importe del default por cuenta propia, siguen operando, más que nunca, en sentido contrario. Y así nos va.
La existencia de un efecto arrastre, fruto de conductas de imitación y comportamientos gregarios en un entorno de competencia irracional, la dificultad de distinguir entre problemas de liquidez y solvencia, junto a una doble fuente de riesgo moral y malabarismos por la supervivencia financiera, generan estímulos suficientes como para forzar una garantía ilimitada del prestamista de última instancia, perpetuo maná al que encomendar la red de seguridad bancaria. Too big & too many to fail. A partir de aquí, vuelta a la vana complacencia, cómodamente amparada en esta vez es diferente e incondicionales rehenes de un sistema opaco y frágil, dejando a merced de la imaginación la inevitable respuesta a la cuestión de quién rescata al rescatador...
19 .- #15 Gracias Suave.
Pues ahora que lo dice voy a echarle un vistazo a Fekete y de paso al Leap. Hace varios meses que no los leo.
Hasta luego.
18 .- Siguen plañiendo los vendedores de martillos. Hace tiempo que olvidamos que lo importante era dar en el clavo y fabricar muebles.
Mientras el objetivo sea los medios, y no el fin, cualquier Basilea al uso no será más que una invitación temporal para limitar el número de socios con derecho de espolio. Bubble power!
El problema -principal- quizás se solucionaría con un buen poka-yoke, y un tal Tobin ya dijo algo importante al respecto...
Hacen falta martillos, pero muchos más clavos y sobre todo, muebles para todos...
Como siempre, un 'bronceado' placer ;-]
17 .- El 6 de marzo de 2010, el 93% de los islandeses fue a las urnas para pronunciarse en contra de la ley Icesave, que preveía la nacionalización de deudas privadas.
Referéndum, ya.
http://doctorsito.wordpress.com
16 .- #15 Hola Suave:
Creo que esto viene al hilo
Siempre es bueno considerar ambas alternativas y al final, visto desde el punto de vista del especulador, para mi la pregunta principal sigue abierta.
Hugh Hendry el contrarian y Liam Halligan , el pseudo contrarian
Como dice Gekko , esto no acaba nunca.
Un saludo
15 .- #13 Hola Jotale
Si me la pide argumentada, con mi tendencia al ensabanamiento, necesitaría las 100 páginas únicamente para la "exposición de motivos" para luego, probablemente, no a llegar a ningún puerto.
Creo que lo más interesante es entender que existen diversas vías y que todas tienen su peaje. El de la nuestra toca pagarlo ahora.
Pero creo que más importante que la vía en sí es el entenderla para limitar la asimetría de información y reducir la desigualdad de oportunidades.
Y pienso que el futuro lo veremos en una evolución de esta misma vía hacia alguna de esas aberraciones que tan deliciosamente nos explicaba el Sr. Suárez en la anterior entrega.
Lo que no quita para considerar las alternativas a derecha e izquierda. En una de ellas tiene ud. aquella que cuenta con Fekete como máximo exponente y en la que me resulta sencillo ubicar al Sr. Suárez dado su hilo argumental, por más que en algún articulo nos haya dicho que no cuenta con filias ni fobias respecto del oro.
Y en otra tiene la que, creo, respaldaría desde londres, pero esa es mejor que sea él el que se la cuente [05/06/09].
Saludos.
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