
Crónica de una crisis anunciada
subprime, hedge funds, fondos de inversión, capital riesgo
@B. Pana - 11/08/2007
No falla. La frontera entre la avaricia y el pánico es demasiado fina como para que los inversores no sucumban a la tentación de atravesarla a la más mínima oportunidad. Y es lo que está ocurriendo estos días. Paradojas de la vida, el mercado, cuyos excesos se justificaban desde la abundante liquidez existente en el mismo, ha necesitado, como medida preventiva, de una inyección de dinero adicional por parte de los principales bancos centrales alrededor del globo. ¿Sobraba o faltaba efectivo?
Bajo el paraguas del deterioro del mercado de hipotecas de peor calidad en Estados Unidos, asoma, para muchos gestores y analistas, una serie de desequilibrios de mucha mayor relevancia y cuyo impacto real sobre el conjunto del sistema financiero, como se han encargado de recordar tanto el Banco Central Europeo (BCE) como el Fondo Monetario Internacional (FMI), son muy difíciles, por no decir imposibles, de cuantificar.
Los bajos tipos de interés alrededor del globo habían provocado un relajamiento en los estándares de concesión de crédito por parte de las entidades financieras que no se querían perder el festival de operaciones apalancadas alrededor del globo. “Hay que estar mientras la música suene” se encargaba de recordar hace no muchos días en consejero delegado de Citigroup, Chuck Prince.
La irrupción con una fortaleza inusitada del capital riesgo como principal actor de dichos movimientos corporativos condujo a novedosas fórmulas de garantías (cov-lite) o pago de intereses (PIK o payment in kind). Sin embargo, el repunte de los tipos de interés y el nuevo entorno crediticio han frenado en seco las liberalidades crediticias, lo que ha puesto en tela de juicio la viabilidad financiera de numerosas operaciones en curso afectando a las bolsas.
Pero, junto a la asunción de riesgos no suficientemente garantizados, han surgido otro par de factores que han incidido sobre la masa monetaria en circulación y que son ajenos al control de los responsables de la política monetaria de las distintas naciones: la generalización del uso de derivados y la titulización.
El mercado de derivados en general, y de derivados de crédito en particular, ha vivido un desarrollo de tal magnitud que ha desbordado completamente la realidad que inicialmente era utilizada como su subyacente o referencia. De usar activos transparentes en cuanto a la formación de sus precios, y líquidos en lo que respecta a su realización o venta, ha pasado a contemplar prácticamente cualquier bien susceptible de valoración económica.
La crisis subprime ha puesto de manifiesto los riesgos derivados del uso de instrumentos de cobertura sobre bienes de liquidez retardada y valoración subjetiva. Y aunque la titulización ha asomado el menor impacto proporcional del riesgo sobre cada partícipe, no ha evitado que el riesgo real último fuera uno e igual para todos, con las consecuentes minusvalías para los tomadores del mismo.
Ante esta realidad, los bancos centrales han tenido que acudir a la única medida que les era posible acometer a corto plazo, una vez descartada una bajada de los tipos de interés: inyectar dinero al sistema interbancario de cara a facilitar la liquidez de aquellas entidades que podían haberse visto afectadas por pérdidas en activos financieros o reembolsos masivos de sus partícipes.
Sorprende que la iniciativa haya partido de un BCE que, o bien conoce el impacto real de la situación más allá de lo que ha sido hecho público, o bien ha decidido, de una vez por todas, afirmar su identidad decisoria independiente de lo que hagan otros responsables de la política monetaria.
Para muchos analistas, ésta no es sino la crónica de una crisis anunciada en la que, lo que se está viviendo, es una vuelta a la realidad en la percepción del riesgo por parte de los inversores. Concluirá cuando la volatilidad, las primas y los diferenciales se ajusten a parámetros históricos más normales. Para otros, los menos, es el anticipo de un quebranto de mayores proporciones que tardará años en purgarse, consecuencia de los abusos más recientes. Sólo el tiempo da y quita razones.
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