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@José M. de la Viña .-A través de Apuntes de Enerconomía, José M. de la Viña, Dr. Ingeniero Naval, persigue transmitir sus experiencias y reflexiones sobre temas relacionados con la energía y el medio ambiente, sector en el que ha desarrollado gran parte de su carrera profesional. Informar, promover el debate, contribuir modestamente a que los lectores puedan forjarse sus propios puntos de vista y, de esta manera, ser entre todos capaces de construir un futuro mejor.
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Cuando finalizo un libro que me ha atrapado desde la primera página, se apodera de mí la misma tristeza melancólica que cuando una amante se aleja o un íntimo amigo, que sé que no volverá, desaparece. Me pasa a menudo, afortunadamente, porque gracias a la globalización se pueden leer libros provenientes de cualquier parte del mundo, puede que de nuestra misma cultura, pero muy a menudo de otra muy diferente. Lo cual no impide sentir su calidad literaria. Identificarse con su autor, sus sentimientos, sus ideas.
Uno no tiene más remedio que reconocer que las pasiones humanas son universales. Ayer y hoy. Y lo seguirán siendo mañana. En el fondo, todos somos globales en nuestras motivaciones: la envidia, la codicia o el poder; la superación, la generosidad o la tolerancia. Cosas tan estúpidas como los nacionalismos o los fanatismos de cualquier índole. Que lo único que indican es que el mundo está lleno de imbéciles (según acepción de la RAE: escaso de razón). No que seamos diferentes.
El mundo de ayer
Esa sensación la tuve cuando finalicé el gran libro de Stefan Zweig titulado “El Mundo de ayer. Memorias de un europeo” (*) que me trasladó, de una forma idílica y fascinante, a la juventud del autor en la Viena del ya decrépito emperador Francisco José y de Sissi, inmortalizada en el celuloide por Romy Schneider, que había sido asesinada poco antes de finalizar el siglo XIX por un anarquista en Ginebra. Un mundo de libertad, de tolerancia y de cultura, donde se podía viajar sin pasaporte, anterior a la catastrófica Primera Guerra Mundial. Fue la Belle Epoque. Un tiempo recordado como deliciosamente decadente que todavía se puede palpar cuando se visita Viena y se disfruta de sus legendarios cafés.
Terminó de forma violenta, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero del imperio austro-húngaro. Con el estallido súbito de la feroz guerra europea que demolió entonces cualquier resto de cordura y civilización en Europa. Los tambores de guerra llevaban tiempo sonando. Fue la inauguración oficial del período más asombroso y convulso que han conocido los tiempos: el siglo XX. El siglo más aterrador, pero también el siglo en el que la Humanidad más ha avanzado.
No se podía ni imaginar aquella sociedad despreocupada la salvajada que se avecinaba. En la Austria ya no imperial, cuna de Zweig, y en la República de Weimar vecina, entre otros lugares. Frágiles democracias posteriores a la hecatombe y al ignominioso armisticio de 1918, uno de los gérmenes de siguiente Guerra Mundial. Hiperinflación, desempleo, pobreza. Los fugaces años 20, felices mientras duraron. Y vuelta otra vez: la Gran Depresión, esta vez deflación; el nazismo, sus campos de concentración,… La ruina, física y moral. ¿Qué más podía pasar? Pues pasó: la II Guerra Mundial, sus horrores y las bombas atómicas que nos borraron de la lista de especies racionales. Para acabar enlazando con la Guerra Fría y un ilusorio despertar... Era el fin de la historia. Por fin los tambores callaban.
Mientras tanto, un entonces admirado Stalin, incluso en los deprimidos Estados Unidos de los años 30, a la chita callando se había pasado por la piedra a muchos millones de ciudadanos soviéticos. Y de paso a otros pocos españoles, de su propio bando, durante nuestra triste Guerra Civil (por cierto, otro gran libro: Homenaje a Cataluña, de George Orwell, que incluye alguna lección magistral de periodismo que parece que pocos han asimilado). Tan disimuladamente que aún hoy nuestro tuerto Parlamento pretende silenciar aquellos sucesos, a pesar de los años transcurridos. Uno de los pasajes más siniestros de la historia.
El mundo de hoy
Pero volvamos a lo nuestro. Aquella época, tan lejana, podría no serlo tanto. Vivimos en nuestro mundo opulento e indolente una suerte de aparente tolerancia y libertad, parecida a la Viena Imperial y a la burguesa Europa de entonces.
Padecemos una crisis fruto de la insensatez. Los políticos nos defraudan continuamente. El poder judicial ratea como nunca lo había hecho, aquí y en Sebastopol. El legislativo, hiperactivo, da risa; las leyes, al peso, muchas de ellas absurdas e inútiles. Aquí, diecisiete nacioncitas diferentes. El resto de países, cada uno con sus propias neuras. Unas democracias pervertidas en su ser.
Y decadentes. Estamos en una encrucijada. Una crisis de valores y de crecimiento. No sabemos cómo aumentar el bienestar sin dejar de deteriorar o hacer daño a lo que más deberíamos amar: la naturaleza y nuestros semejantes. ¿No deberíamos ser conscientes de que vivimos de prestado? ¿De que los logros alcanzados durante el pasado siglo los podemos perder sino cuidamos nuestros actos? En lo político, lo social y económico. La muerte de la clase media. Las continuas injusticias con los más desfavorecidos. Con el medio ambiente, la energía y el agua. Con el resto de recursos naturales. En la, cada día que pasa, más degradada educación que lo único que pretende es una igualitaria sociedad de zoquetes. Todos iguales en su ignorancia para poder ser manejados mejor.
¿No podríamos estar viviendo una época similar a la de hace un siglo, por los motivos que ya conocemos? No será por no dar la matraca. ¿Un ensayo de los conflictos futuros? ¿Un preludio de eventos todavía más televisivos y atroces que los actuales? ¿No estaremos disfrutando de una especie de Beautiful Age, por eso de que lo francés ya no está de moda? Los tambores podrían volver a retumbar.
El mundo que viene
No somos conscientes de que cada día contemplamos nuestra propia decadencia en los medios. Se llaman Afganistán, Irak, Palestina, el Africa subsahariana, los Estados corruptos y fracasados que todos conocemos,… Haití, no por el terremoto en sí, sino por sus terribles consecuencias. Algo de esperanza en ese mejor preparado y esperanzador Chile que está superando sus movedizos contratiempos. Cataclismos que nos recuerdan que no somos nadie. Que vivimos a merced de los elementos y habitamos un mundo frágil donde ni siquiera es seguro el suelo que pisamos. A merced de los vientos, ya que la tierra no pertenece a nadie, según nos recordaba un infausto Presidente del Gobierno. Y, ya que lo mencionamos, la vergüenza al contemplar las obscenidades diarias de políticos y banqueros que están precipitando nuestra ruina.
Todas esas catástrofes -volcanes, terremotos y tsunamis aparte, estos llegan cuando les apetece- parece que son cada vez más frecuentes, nos lo muestra ese gran invento llamado televisión. Una caja tan maligna, no se sabe que tiene, que anestesia mentalmente a quien la contempla. No somos conscientes de que una versión de lo que tan condescendientemente vemos desde el sofá nos podría acabar ocurriendo a nosotros. Hasta hace poco era solo en el Tercer Mundo. Ahora también en el Primero. Fue el huracán Katrina; los espantosos incendios de cada verano en el todavía Salvaje Oeste de nuestras películas de la infancia y no solo en él; las inundaciones en Europa de hace unos días mientras las sequías causan estragos, en estos mismos instantes, en otros muchos lugares. Estragos que nadie cuenta: los sufren los pobres (**). Es de mal gusto mostrar esas cosas mientras cenamos.
¿Culpa de la naturaleza, nuestra o de los dos? ¿Se han vuelto locos los elementos o hemos perdido nosotros el juicio? ¿Irán a más o son simples casualidades? ¿Estaremos larvando futuros conflictos sociales, económicos, energéticos o medioambientales cuando ni siquiera sabemos cómo solucionar los actuales? ¿El comienzo de la última entrega de la saga Mad Max o aquí no pasa nada? ¿Volverán a sonar esos tambores parece que no tan lejanos?
Es Semana Santa. Para algunos, tiempos de reflexión. Para otros, tan solo un fugaz descanso. Para unos cuantos, no sé si merecido. Que lo disfruten.
(*) Buen libro para incluir en el equipaje. Sobre todo para los que creen que existe un espíritu europeo, una cultura común en Europa gracias a su tradición cultural y a su diversidad. Para aquellos espíritus verdaderamente libres capaces de aprender de los demás. El autor odiaba todos los nacionalismos. Eran para él un cáncer. Pero acabó muriendo víctima de ellos. Si queda algún nacionalista en Europa con alguna parcela de su mente que todavía no esté atrofiada por su pensamiento único, capaz de reflexionar, le sugeriría leerlo. Al resto para qué. Cuando uno tiene la cabeza tallada a hachazos y está en posesión de la verdad, difícil es llenarla con nada.
(**) Tampoco sería mala lectura el número de Abril de la edición en español de la revista National Geographic. Está dedicada al agua, el oro de los olvidados.
6 .- #5 Pues gracias, Suave........Y estoy totalmente de acuerdo.
Mi duda sigue radicando en si esto es un plan organizado con nombres y apellidos detrás, o si por el contrario, son las pequeñas acciones de codicia individual sin plan preconcebido las que nos han llevado a esto. Depende del día, pienso en una cosa o la contraria.
5 .- #3 Hola raf
El sr. de la Viña suele hablar de "el muro". El muro es lo que viene impuesto por los límites finitos de nuestro planeta, que chocan frontalmente con la imperiosa necesidad de crecer exponencialmente.
Quién obliga a crecer exponencialmente es el responsable de todo lo que está pasando.
Saludos.
4 .- Señor De la Viña: como siempre encantadores sus comentarios.
La historia nos demuestra que dia a dia se va haciendo camino,tenemos lo que nos merecemos y lo que nos merecemos no es poco ni tampoco casualidad. De haber nacido en uno de esos países que usted ha nombrado seguramente Usted y yo No sabriamos ni leer ni escribir o no tendríamos que comer.
Roma,Cartago,Grecia y más recientemente España,Francia,Inglaterra y EE.UU fueron grandes imperios en la antiguedad y en los últimos 500 años los cuatro últimos que he nombrado; la consecuencia es lo que hoy es nuestro país, religión,tradición,cultura,riqueza.
Me siento grande como español y los póliticos púes que se lo hagan ver.
Ningún político me va a quitar mi visión de España por muy dogmatico que sea.
Yo recomendaría para este puente y posteriores un buena "Historia de España". Buenas tardes a todos.
3 .- #2 Suave, ¿qué quieres decir con eso del origen? ¿Unas manos visibles que mueven los hilos de todo esto que está pasando?
2 .- Muy buen artículo, Sr. de la Viña.
Sólo dos cosas. Sería interesante conocer cuál es el verdadero origen, la causa última, de todo esto si es que la hay que yo creo que sí. Por otra parte no creo que vayamos a tener ruido de tambores salvo casos localizados [que no es poco] porque hoy hay otros medios que pueden servir a los mismos fines, lo cuál tampoco es consuelo.
Saludos.
Yosi Truzman
FACTOR TRUZMAN
Leopoldo Abadía
DESDE SAN QUIRICO